La Revolución Francesa es el acontecimiento fundador de las formas contemporáneas del gobierno republicano, a partir de la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Algunos rasgos centrales de la Revolución Francesa son la separación de la Iglesia y el Estado y la primacía de la razón sobre la fe religiosa. Esos principios conducen necesariamente a cancelar el monopolio ejercido por la Iglesia en materia de educación de masas, a considerar que es una obligación del nuevo Estado ofrecer la educación universal y que esta educación deberá ser laica y basada en el razonamiento, la moral y en los resultados de la ciencia.
Los gobiernos revolucionarios de Francia no duran lo suficiente para realizar en la práctica un programa educativo. Además, estuvieron concentrados en la guerra contra las monarquías. Sin embargo, impulsaron la preparación de proyectos precisos para aplicar un nuevo modelo de educación, cuando las circunstancias lo permitieron.
El más importante de esos proyectos fue el formulado por Antonio María de Condorcet en las Cinco memorias sobre la Instrucción Pública, redactadas en 1790 y presentadas en forma de proyecto a la Asamblea Legislativa en 1792.
El Marqués de Condorcet pertenecía a una familia aristocrática, pero carente de fortuna y de poder. Fue personalmente seguidor de las corrientes de la ilustración (amigo y discípulo de D’Alambert y cercano a Voltaire en los últimos años de éste) científico él mismo (notable matemático), ejemplifica la confianza ilimitada en la razón que caracteriza a su generación. Murió poco después de haber presentado su proyecto, víctima de las luchas internas entre los revolucionarios.
El proyecto de Condorcet tiene características que lo distinguen de otras propuestas de la época. Propone una educación universal, igual para ambos géneros, con un sistema de 5 niveles que va de la educación básica hasta una academia de ciencias, en la que se debían formar hombres libres, por lo cual no debía ser obligatoria, que mediante la misma conciencia de los padres los hijos fueran mandados a la escuela, se pretendía que el ciudadano fuera libre de decidir para que el estado ya no decidiera su pensamiento y decidiera por si mismo su formación, por ello la propuesta de Condorcet no contenía un programa establecido, porque así ya no se permitiría continuar con la dogmatización del ciudadano por parte del estado. Además, la educación debía ser laica, al no priorizar una sola religión y la propuesta permitía tener la posibilidad de asistir a la escuela mediante el sistema de becas, con las que aseguraban los talentos.
También cabe decir que su propuesta incluía que el maestro debería ser diverso en sus planteamientos, que lo que los alumnos aprendieran no fuera un conocimiento o pensamiento establecido, que educara al niño sin tener una verdad absoluta y tener dominio de todo lo que va a enseñar, poseyendo un conocimiento universal para enseñar, todo esto, con la finalidad del perfeccionamiento de la especie humana.
Las ideas de Condorcet estarán presentes en el debate y las contradictorias experiencias de política educativa que se desarrollan en Francia durante casi todo el siglo XIX. Muchas de sus orientaciones se recogen cuando, en la década de 1880, la Tercera República, conducida por el ministro Jules Ferry, establece en forma definitiva la educación pública universal, laica y gratuita, bajo la autoridad del gobierno nacional.
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